sólo un abrazo

Lírica narrativa

Solo fue un abrazo, solo eso.

  Para él, un cálido recuerdo de la humanidad, el sentimiento perdido de que existía, que tal vez era visible. No debía recordar haber sentido aquel cúmulo de emociones, un nudo ahogaba su garganta, no pudo evitarlo, se sentó sobre las cajas y lloró. Parecía tan solo e indefenso. Solo pudo decirme que nadie le había abrazado. Yo le miraba atónita, solo había pretendido ser amable, un acto instintivo de afecto. ¡Parecía necesitarlo tanto! Siempre solo, callado, tan apenas levantaba la cabeza, ni mucho menos se atrevía a mirarte al hablar, durante meses solo habíamos intercambiado cortas frases de trabajo, ni siquiera sabía su nombre. Su aspecto era normal; delgado, no muy alto, de facciones finas y dedos largos, y siempre gris, todo su aspecto era gris, como si su alma estuviera apagada y solo viviera en la trastienda de la vida.

  Aquella tarde al llegar me miró. Yo llegaba pletórica, era feliz y creía que todo el mundo debía serlo, quería compartirlo con todos. Le sonreí mientras recogía los partes que él me daba – Es mi cumpleaños –dijo esquivando la mirada, volví a sonreír, di unos pasos y le abracé mientras le felicitaba, y lloró.

  Respiré, me senté junto a él, tenía sus manos sobre las rodillas. Le miré y lo vi; la soledad, el tiempo que ya no vuelve, el vacío que todo lo llena. Me pregunté cómo llegábamos a esto, apiñados los unos con los otros y a la vez unos tan lejos de otros, esa soledad que rodea entre la multitud y que atrapa a todo el que camina.

  Lloraba, pero casi era felicidad. ¿Por un abrazo de una desconocida? Cuánta soledad, cuánta represión hundida en el alma y cuánto agradecimiento por una migaja, cuánto desasosiego contenido. Le escuché, mi felicidad me parecía insultante, solo podía estar ahí, a su lado, y compartir con él su burbuja de aliento. El tiempo pasó, yo me fui algo más ligera y él, un poco más vivo.